Hay días, en la vida profesional del letrado, que son interesantes y satisfactorios; se gana un asunto, te pagan otro o viene un cliente y te plantea un problema interesante, uno de esos que te engancha, da igual que no sea un asunto muy relevante o que te de mucho dinero; simplemente te gusta.
Pero hay otros días...
Tengo una pobre cliente, con más años que Matusalen. No tiene a nadie que la cuide y necesita dinero para poder ingresar en una residencia, pero la pensión no llega para una decente y que esté cerca de la única hermana que tiene (que es tan mayor como ella). Así que, como es propietaria de la mitad de una casa, cuyo otro dueño es su difunto marido, me puse en contacto con las hijas de este para proponerlas arreglar los papeles y vender la casa. Todo muy normal y, en principio muy fácil.
Bien, pues ayer me llamó la abogada de las "hijastras", una chica muy joven y muy educada (empeñada en tratarme de "usted"; algo totalmente anormal entre compañeros letrados) para decierme que sus clientas no piensan facilitar nada a su madrastra; que si quiere dinero que las demande, que para ganar el pleito van a pasar 3 años y antes, posiblemente se morirá antes mi cliente. Todo eso dicho con mucha amabilidad y muy buenos modos.
Se me cayó el alma a los pies.
Ese fue uno de los días en que ser abogado no me gustó nada, en que preferiría no tener una profesión en la que hacerme cargo de los problemas ajenos.
Soluciones tengo algunas, pero ninguna es satisfactoria. Da igual; el problema es ver a que punto llega el deseo de venganza en el ser humano -ojo, puede que las hijastras tengan sus razones- pero vengarse así de una anciana...)
Voy a ver si cambio de profesión un rato....